Earle HerreraY no, no es como la del caballero de la triste figura, aquél hidalgo que desfacía entuertos. Es la figura triste de un hombre combativo durante toda su vida que vi siete horas y media sentado frente a un discurso presidencial que era un perfecto galimatías (sí, es un oximorón profe, lo sé). Vestía de gris ese día,creo que con corbata azul, los años en la Asamblea le han sentado bien por que se le ve más respuesto que en  los tiempos en los que me dió clase y en los que aparecía de director de Letras, el periódico universitario.

Earle siempre fue para mí un personaje, desde que empecé a leerlo desde chico en las páginas del periódico de Puerto Escondido que hace años dejó de existir (hoy le sobrevive una marca comercial) .Para empezar, yo no sabía si era hombre o mujer quién escribía tras tan singular nombre ( y lo digo con el mayor respeto del mundo, pero era así). Luego ya más grande yo (supongo que él también) mi viejo me explicó que Earle formó parte de un grupo al que llamaron la República del Este que se reunía en el Sabana Grande de escritores y poetas. Y que también junto a otros intelectuales se reencontraba por las tardes  en una libreria de La Candelaria que llevaba por nombre El Gusano de Luz y de la que yo solo llegué a conocer como papelería y sin ningún interés intelectual.

Por eso para mí una de las cosas más emocionantes que me pudo pasar fue entrar a trabajar en el periódico universitario que en ese momento le tenía como miembro del consejo de redacción. Estaba también un tal Manuel Guzmán que aparecía de director, un Pedro Chacín cuyo nombre suponía debía ser el mismo del tipo que escribía en el Feriado de Aquilino José Mata y un Roberto Malaver que también escribía en el diario de El silencio. Pero era sobre todo por el nombre de Earle, su columna de opinión siempre fogosa, sus textos en clave de humor escritos a cuatro  manos con Roberto que entrar a trabajar en Letras era entrar a trabajar en un equipo de puros cuarto bate. Y algo esperaba uno que se le pegara.

Luego que entré en la escuela (que para mi siempre será de periodismo, aunque el título diga otra cosa) siempre quise ver alguna materia con el profe Earle. Ninguno de los cuatro periodismos obligatorios los ví con él. Solo Periodismo de opinión, una optativa que entonces solo la daba justamente él y con razón. Porque con unas pocas palabras, siempre precisas nos desarmaba los textos, nos los afinaba, nos animaba a ir al tuétano de las cosas, nos mostraba nuestras debilidades y fortalezas. Eran clases en las que uno defendía sus textos y en las que el profe Earle podía decirte que no estaba de acuerdo con lo que habías escrito pero que estaba bien hecho o por el contrario que el texto era un desastre aunque en las ideas generales él pudiera estar de acuerdo. Y uno siempre se quedaba con ganas de más. Al menos yo, que siempre me iba de último en sus clases.

Y entoces ahora lo veo triste, sentado (aquí termino el elipsis profe, lo sé), parece cansado y lo veo tan distinto. Ya no se me parece al hombre aquél siempre disidente y crítico que leí tanto y cuyas crónicas conservo.Ya no entiendo el humor contra el poder, estando en el poder.Quizás por que desde el poder, el humor suele parecer cinismo. Pero tampoco entiendo su programa de televisión en el que en vez de mostrarnos como podría hacerse buen periodismo se regodea en la mediocridad de los demás. Entiendo menos aún como a un profe humanista como Earle es capaz de formar parte de la comparsa de quienes acusan casi sistemáticamente a todo estudiante opositor de ser un “tarifado de la CIA”, “manipulado por la oposición imperialista pitiyanki”, él que ha dado clase a tanto estudiante que sabe que son una especie de lo más diversa que incluso ahora gobierna con algunos de los que formaron parte de la “Generación boba” (de los 80) y  de la “Generación estupída”  (de los 90) según la clasifícación del tristemente célebre rector. Él que sabe no solo que las generalizaciones son odiosas sino falaces. Sobre todo cuando se trata de personas. Yo de verdad no lo entiendo.

Quizás sea por esos contrastes que  el profe Earle me parece triste. Pero ojalá que de figura triste no termine por convertirse en una triste figura.